Homilía del Arzobispo Primado de México en Basílica de Guadalupe.


Cardenal Carlos Aguiar en el Domingo de Resurrección



Religión

Abril 12, 2020 15:26 hrs.
Religión Nacional › México Estado de México
Redacción/José Luis Garay › Divergencias Informativa

’Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto’ (Jn 20,3).
Jesús había verdaderamente muerto en la cruz, de eso no había ninguna duda. María Magdalena va al sepulcro, buscando la soledad y el silencio que le permita recordar al Maestro, y lograr el consuelo por su partida. Quiere hacer un homenaje, a quien le enseñó a amar y descubrir el amor de Dios.

Ante el hecho, la piedra del sepulcro removida, se enciende una alarma, ¿qué ha sucedido?¿Quién lo habrá hecho? María Magdalena de inmediato prefiere dar aviso y recurre a los apóstoles.

La sorpresa de María Magdalena deja entrever que a pesar del amor, no esperaba la resurrección de Jesús. Ella está sumida en el dolor y la tristeza de haber visto morir a quien le había enseñado la importancia de vivir. Sin embargo, en vez de quedarse sola y sorprendida, prefiere recurrir a la comunidad apostólica para juntos proceder, bajo la cabeza que había señalado Jesús, bajo la autoridad de Pedro.

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Juan y Pedro, los mismos que siguieron de cerca el proceso y juicio de Jesús, se apresuran, con el corazón palpitando de emociones, para constatar lo sucedido. El joven Juan llega primero, observa y se detiene, dando la primacía a Pedro, la cabeza del grupo apostólico. El texto termina afirmando: hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).

Los elementos son observados por los dos, pero el efecto es distinto. Pedro regresa interrogándose, qué habrá pasado, mientras que Juan vió y creyó. La fuerza del amor le hace considerar que el Maestro amado está vivo.

En efecto, la fuerza del amor es el camino más directo para descubrir a Cristo Vivo y actuando a través de mi persona y de mi comunidad eclesial.
Por ello, me ayudará plantearme las siguientes preguntas:

-¿Descubro la importancia de amar a Jesús Maestro, partiendo del testimonio de las Sagradas Escrituras, de la tradición de la Iglesia, y de quienes me hayan transmitido la fe?

-¿Qué tan dispuesto estoy de iniciar mi relación con Dios guiado por la fe y no por evidencias contundentes? El Salmo 34, 9 afirma: Haz la prueba, y verás qué bueno es el Señor.

-¿Me emociona aventurarme por el camino de Juan, el discípulo amado?

Entonces, debo saber que primero tendré que experimentar, como Jesús, las pruebas de mi entorno existencial, que sin duda serán tentaciones difíciles, y para superarlas necesitaré vivir la fe en comunidad, sea la familia, el grupo de apostolado, la comunidad eclesial, en el círculo de amigos, o en el ámbito laboral; ya que los contextos socio-culturales actuales privilegian el placer, la codicia y la ambición, las tendencias dominantes que favorecen la satisfacción egoísta y el desorden de nuestra pasiones.

A esto se refiere San Pablo en la segunda lectura cuando afirma: Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad (1Cor. 5,8).

Para fortalecer mi camino de fe, y llegar a descubrir la presencia misteriosa, pero real de Jesús entre nosotros, es indispensable asumir, que mi destino es atravesar la muerte para llegar a la vida, y sustentar mi fe en la resurrección de los muertos.

Promovámos la levadura del amor, que nos ha ofrecido Dios Padre a través de su Hijo Jesucristo, y que ha dispuesto al Espíritu Santo para conducir, a su creatura predilecta, que es el ser humano, varón y mujer, por el camino del amor gratuito y generoso; y logremos así, el proyecto inicial de la creación: ser imagen y semejanza de Dios, nuestro Padre Creador; es decir, luchemos para reflejar en nuestra vida social el testimonio de amor al prójimo, especialmente en los más necesitados. ¡Vivamos con alegría y esperanza la auténtica solidaridad cristiana, que ayuda a quien lo necesita, sin esperar nada a cambio!

Anunciemos, con la convicción de nuestra propia experiencia de fe, la Resurrección de Jesucristo, como lo hicieron los primeros apóstoles:

Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de la Cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo, no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que Él, de antemano, había escogido: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él, después de que resucitó de entre los muertos.

Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados’ (Hech 10,37).

Estamos viviendo una pandemia, y ante ella, estamos despertando a la necesaria colaboración solidaria de la sociedad para superarla. Elevemos nuestra oración para que sea la ocasión oportuna que nos lleve a replantearnos las tendencias dominantes negativas de la cultura actual, y logremos rectificar el camino de la conducta personal y social de nuestro tiempo.

Los invito a profesar, mediante el rezo del Credo, nuestra fe en Cristo resucitado, aceptando la Revelación: ¡Del Verdadero Dios, por quien se vive! ¡Que así sea!

En el momento de la Consagración

El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) ha propuesto a las Conferencias Episcopales de los respectivos Países Latinoamericanos en esta hermosa y significativa fecha del Domingo de Pascua, del Domingo de la Resurrección del Señor Jesús, consagrar a nuestros pueblos, poniéndolos bajo el manto de Nuestra querida Madre, María de Guadalupe.

Ahora al término de nuestra Celebración, antes de la bendición final, consagremos, recitando juntos, la oración prevista por nuestros hermanos Obispos del Consejo de Presidencia del CELAM.

Oración de Consagración

Santísima Virgen María de Guadalupe,
Madre del verdadero Dios por quien se vive.
En estos momentos, como Juan Diego,
sintiéndonos ’pequeños’ y frágiles ante la enfermedad y el dolor,
te elevamos nuestra oración y nos consagramos a ti.
Te consagramos nuestros Pueblos,
especialmente a tus hijos más vulnerables:
los ancianos, los niños, los enfermos, los indígenas, los migrantes,
los que no tienen hogar, los privados de su libertad.
Acudimos a tu inmaculado Corazón
e imploramos tu intercesión:
alcánzanos de tu Hijo la salud y la esperanza.
Que nuestro temor se transforme en alegría;
que en medio de la tormenta tu Hijo Jesús sea para nosotros fortaleza y serenidad;
que nuestro Señor levante su mano poderosa y detenga el avance de esta pandemia.
Santísima Virgen María,
’Madre de Dios y Madre de América Latina y del Caribe,
Estrella de la evangelización renovada,
primera discípula y gran misionera de nuestros pueblos’,
sé fortaleza de los moribundos y consuelo de quienes los lloran;
sé caricia maternal que conforta a los enfermos;
y para todos nosotros, Madre,
sé presencia y ternura en cuyos brazos todos encontremos seguridad.
De tu mano, permanezcamos firmes e inconmovibles
en Jesús, tu Hijo,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.


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